Examen parcial (midterm) de Expresión Escrita. Aquí acaba la saga de Domingo, hasta otra oportunidad.
—Carajo no puede ser que también mi micro me ignore —una señora que subía a un bus miró de pies a cabeza al escolar.
Resignado, resolvió volver a casa caminando. Su día había estado lleno de extrañas situaciones. Se había quedado dormido, como de costumbre, y al llegar al colegio Juan había dudado mucho antes de dejarlo entrar. Felipe, su cómplice para armar bromas, no le había prestado mucha atención, casi como si se hubiesen peleado. Sus profesores habían ignorado sus intentos de intervenir en clase. Se sentía ignorado, casi eliminado. Pensaba si es que todo no sería una mala broma, una conspiración.
La calle se sentía cálida a pesar del otoño y el sol parecía congelado en el cielo. El viento desordenaba el enredado cabello de Domingo. Aprovechando la caminata, se desvió hacia uno de sus parques favoritos. En la mochila llevaba una edición a medio leer de un libro de ciencia ficción sobre viajes a Marte y las aventuras de los colonizadores del planeta rojo. Excusa y compañía perfecta para tomarse un descanso de todo.
Los antiguos y altos árboles de eucalipto crujían con el viento, los rayos de sol jugueteaban a atravesar los pequeños espacios que las ramas y hojas les cedían. Las hojas más secas y cansadas se dejaban caer -vencidas- sobre las veredas. Domingo las aplastaba con sus zapatillas gastadas, descosidas. El cemento de la banca se sentía cálido, el sol aún la cubría directamente. Domingo sacó el libro de su mochila y comenzó a leer, intentando relajarse.
“Antes de subir hacia las colinas azules, Tomás Gómez se detuvo en la solitaria estación de gasolina...”. El primer profesor del día no lo había ni mencionado al tomar la asistencia. Sus compañeros no se habían acercado a preguntarle nada en Literatura, ni para tomarle el pelo -según fuese el caso- por estudioso o vago. “No entiendo” pensó. Amargó la cara y siguió con su libro.
“…había en el aire un olor a tiempo...”. Tampoco Felipe lo había considerado a la hora de hacer bromas. La mecánica siempre era inventarlas juntos.
—Tarado, seguro es lo de la flaca esa de nuevo —la excusa era muy poco convincente pero se esforzó en creerla.
“¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente...”. Domingo se interrogaba buscando razones para que sus compañeros lo ignoraran con tanta prolijidad y decisión.
—¿Puedo? —una voz suave rompió la monotonía del ruido de fondo del parque.
—No me gusta tomar café solo y las bancas vacías me deprimen —sus palabras no causaban reacción alguna. Intrigado, el hombre se ajustó los lentes sobre la nariz, sonrió y dio un rápido tirón al cable blanco que caía de la maraña de cabellos del muchacho–. Hola.
La cara de Domingo era una mezcla de sorpresa y fastidio. El invasor le extendía la mano; confundido, Domingo imitó el gesto.
—Ese libro es uno de mis favoritos —dijo mirando el libro sobre el regazo de Domingo—, me gusta mucho lo que pasa con la casa Usher II, es una lección finísima, ¿no te parece?.
—Aún no he leído ese —respondió un poco cortante y nervioso—, estoy en “Encuentro Nocturno”.
—Uno de mis favoritos definitivamente, un favorito en un favorito. ¡Tremenda coincidencia! —el hombre sonreía mientras hablaba, su apariencia no daba motivos para temer pero su actitud tan confiada confundía a Domingo.
—¿Sabes? Nunca me convenció eso de que tus zapatillas estuviesen rotas —la sorpresa de Domingo volvió junto con un ligero cosquilleo en la base de la nuca.
—Al principio, claro, me parecieron un buen detalle. Estaba muy seguro de tu estilo y de tu aspecto, pero creo que al final son cosas que te hacen muy reemplazable.
—¿Tanto sabe de mí por mis zapatillas? Me va a hacer correr a la tienda a comprar otras —Domingo intentaba recuperar confianza con un poco de humor.
La cara del hombre se deformó con una carcajada. El sonido estridente de su risa le recordó a Domingo cómo todos habían reído en el descanso de cosas que pasaron el día anterior pero que Domingo no lograba recordar.
—¡Claro muchacho! ¡Faltaba menos! ¿Acaso no crees que todo tiene una razón de ser? ¿Crees que es casualidad que estemos en esta banca precisamente, y tú estés leyendo ese libro precisamente?
Domingo hizo una mueca de fastidio, “otro filósofo de parque” pensó.
—Todo está muy bien medido muchacho, lo que se quita, lo que se agrega. Lo que se quita en especial —el hombre perdió la mirada en el horizonte al decir esas últimas palabras.
“Lo que se quita”, esas palabras resonaron en la mente de Domingo. Se preguntó si es que había algún significado mágico entre ellas y su extraño día. Quizá sus amigos habían decidido quitarlo de los desmanes del día anterior, quizá habían decidido tenerlo al margen porque perdieron la confianza en él.
—No sé, a mí me parece que todo está muy bien como está.
—Pues a mí me parecía que en esa esquina hacía falta un puesto de cafés y ya ves —el hombre alzó su vaso de tecnopor sonriente.
—Domingo —empezó nuevamente el hombre, mientras miraba al infinito—, quizá algún día, si vuelves, puedas entender que una historia a veces es mejor no por lo que incluye sino por lo que deja fuera.
El hombre volvió la mirada hacia el otro extremo de la banca, detuvo los ojos en la copia abandonada de Crónicas Marcianas, la tomó, dio un último sorbo a su café, se puso de pie y caminó hasta desaparecer entre la gente.







El valiosísimo directorio era muy importante para el éxito de nuestra vida social, sobre todo de unas niñas que, como yo, pasaban horas hablando por teléfono con las mismas cuatro amigas con las que un par de horas antes pasó toda la mañana :P








